20 de julio de 2015

Se fue...

Se murió, se... 
una persona muy importante para mi. 
Cuando las personas que se mueren tienen cierta edad (elevada), uno siente un alivio (porque hay una razón) o no sé bien qué.
A diferencia de cuando son jóvenes, cuando tienen una nena, marido, hermanos, padres y madres la muerte suele pegar más fuerte. 
Y así es, así viene siendo.
Cuando iba a verla, me acostaba a esperar mi turno en el sillón de la sala de espera y jugaba a dormir ahí y sentirme segura siempre, eternamente. Solo porque ella estaba cerca. Lo más parecido al útero que pude sentir de grande alguna vez.
Y se me esfumó. Así, de la nada, o del todo.
Cuando la conocí (hace más de diez años) me advirtió que venían casi doce años de un gran tsunami en mi vida, y que si continuaba con mi rigidez me iba a partir. En cambio, si me animaba a bailar (e hizo el gesto con sus manos y cara), todo iba a fluir. Nunca me imaginé que ese tsunami estaría concluyendo y se la llevaría a ella también de mi.
Soy una lágrima, o muchas. Soy nuestras conversaciones (que se me vienen sin parar a la cabeza), sus palabras, su mirada, su forma de compenetrarse en el discurso del otro, soy sus consejos, sus dientes, su vincha, su pasión. 
Soy más yo otra vez más sola. Soy más yo no entiendo cada mañana si es chiste o fue una pesadilla.
Y casi al mismo tiempo (días más, días menos), nació el segundo hijo de mi amiga del alma. La alegría se metió a patadas en mí, corriendo -haciéndose lugar- y lo conocí. Hermoso, chiquito, bello, y me dieron unas ganas locas de conocerlo, de empezar a compartir, de todo lo que se nos viene juntos.
Dos extremos. 
Embarazada de Jana llamé a una amiga para contarle y ella me dijo que se había muerto su papá. La vida. La muerte. Así de cerca conviven. 
Tan cerca que hoy, soy yo las dos.

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